“LA calor” o “EL calor”: el eterno dilema del español, ¿y vos cómo le decís?

Foto: “La calor” o “el calor”: el debate que divide a los nicaragüenses /Cortesía
Foto: “La calor” o “el calor”: el debate que divide a los nicaragüenses /Cortesía

En Nicaragua tenemos algo muy nuestro, la pasión con que defendemos nuestras palabras. Y si hay un tema que enciende debates, ese es cómo llamamos al sol picante del día: ¿“la calor” o “el calor”? Los nicas, como buenos tercos, solemos mantenernos firmes en nuestra forma de hablar, y este es uno de esos casos que provoca risas, gestos y, a veces, discusiones amistosas.

En la capital, Managua, es común escuchar a la gente decir “la calor”, expresión que también se repite en varias comunidades de los municipios cercanos.

Sin embargo, en otros departamentos y regiones del país, la gente prefiere decir “el calor”, siguiendo la norma más extendida. Para quienes escuchan este contraste por primera vez, puede sonar extraño, incluso divertido, pero refleja la riqueza y variedad de nuestro español nicaragüense.

Según la Real Academia Española (RAE), la forma correcta es “el”, porque el sustantivo calor es masculino. Esta recomendación se mantiene en toda la lengua española, tanto en España como en América Latina, especialmente en contextos formales, académicos o escritos.

Foto: “La calor” o “el calor”: el debate que divide a los nicaragüenses /Cortesía
Foto: El debate que divide a los nicaragüenses /Cortesía

“LA-EL Calor”: el debate que divide a los nicaragüenses

Sin embargo, la RAE reconoce que en varios países hispanoamericanos se utiliza “la” de manera coloquial, sobre todo para enfatizar la intensidad del calor o el ambiente sofocante. Es un ejemplo de cómo el español puede adaptarse a la cultura y al habla local.

En definitiva, ya sea que digas “la calor” bajo la sombra de un almendro en Managua, o “el” siguiendo la norma culta, lo importante es que el español nicaragüense sigue vivo y vibrante.

Nuestro lenguaje refleja no solo la forma en que hablamos, sino también nuestra identidad, nuestro humor y, por qué no, nuestra terquedad tan característica. Así que, la próxima vez que hablemos del sol que nos achicharra, ya sabés: cada quien con su calor, ¡pero todos disfrutando del mismo sol!