Yo voy gritando paz, paz, paz. Así clamaba el italiano; así voy gritando yo ahora: “alma en el alma, mano en la mano”, a los países de la aurora… En sangre y en llanto está la tierra antigua. La muerte, cautelosa, abrasante o ambigua, pasa sobre las huellas del Cristo de pies sonrosados que regó lágrimas y estrellas.
La humanidad, inquieta, ve la muerte de un Papa y el nacer de un cometa: como en el año mil. Y ve una nueva torre de Babel desmoronarse en hoguera cruel, al estampido del cañón y del fusil.
“Matribus detestata”. Madre negra, a quien el ronco ruido legara de los leones; Palas, odiosa a las dulces mejillas, puesto que das las flechas y las balas, abominada seas por los corrientes siglos y fugaces edades, porque, a pesar de todo, tus fuertes potestades sucumbirán al trueno de oro de las ideas.
Amontonad las bibliotecas, poblad las pinacotecas, con los prodigios del pincel, del buril y del cincel. Haced la evocación de Homero, Vinci, Dante, para que vean el espectáculo cruel desde el principio hasta el fin: ¡La quijada del rumiante en la mano de Caín sobre la frente de Abel!
Pero el misterio vendrá, vencedor y envuelto en fuego, más formidable que lo que dirá la épica india y el drama griego. Y nuestro siglo eléctrico y ensimismado, entre fulgurantes destellos, verá surgir a aquel que fue anunciado por Juan, el de suaves cabellos. Todo lo que está anunciado en el Gran Libro han de ver las naciones, ciegas a Dios, que a Dios invocan en preñado tiempo de odios, angustias y ambiciones. Y lo que Malaquías el vidente vio en la Edad Media, “enorme y delicada”, según dice Verlaine, verá la gente, hoy en sangre deshecha y desastrada.
Se grita: ¡Guerra Santa! acercando el puñal a la garganta o sacando la espada de la vaina, y en el nombre de Dios, casas de Dios de Reims y de Lovaina, ¡las derrumba el obús 42!… ¡No, Reyes! Que la guerra es infernal, es cierto. Cierto que duerme un lobo en el alma fatal del adánida; más también Jesucristo no está muerto. ¡Y contra el homicidio, el odio y el robo, Él es la Luz, el Camino y la Vida!
Hohenzollern: está sobre tu frente un águila de oro. Yo recuerdo el poema del Vidente de Francia, el vivo cántico sonoro donde la Justicia al bronce intima… Dios está sobre todo; y en la cima de las montañas de la gloria humana, de pronto un ángel formidable anima la testa loca del divino trueno, y de las urnas de las sombras mana lluvia de llama y lluvia de veneno; y Abbadón, Apollyon, Exterminana –que es el mismo– surge de entre las páginas del Libro del Abismo.
¡Emperadores! ¡Reyes! ¡Presidentes! La hora llegará de la Aurora. Pasarán las visiones de Durero, pasarán de Callot los lansquenetes, los horrores de Goya el visionario; en la memoria amarga de la tierra, pasará de la guerra el tigre fiero. Se olvidarán obuses y mosquetes, y ante la sacra sangre del Calvario se acabarán las sangres de la guerra.
Púrguese por el fuego, por el terremoto y por la tempestad este planeta ciego, por los astros ignoto como su pasajera humanidad. Y puesto que es preciso, vengan a purgar este planeta de maldad, con la guerra, la peste y el hambre, mensajeras de Verdad. De la verdad que hace secar las fuentes y, en la gehena, rechinar los dientes.
Si la paz no es posible, que como en Isaías las ciudades revienten; que sean de tinieblas las noches y los días; que las almas que sienten soplos de Dios duerman sueño profundo mientras se desangra y se deshace el mundo… Y que, cuando del apocalíptico enigma surja el caballo blanco, con resplandor y estigma, los únicos que se hundan en la santa verdad sean los puros hombres de buena voluntad, que entre las zarzas ásperas de este vivir han visto las huellas de los pasos de Nuestro Padre Cristo.
¡Ah, cuán feliz el demonio perverso! Odio imperante en todo el universo: odio en el mar y debajo del mar; odio en la tierra firme y en el viento, y sangre, y sangre que pueda llegar a salpicar el mismo firmamento. Se animaron de fuego y de electricidad los Behemoths y Leviatanes. En la bíblica inmensidad no vieron más los Isaías y los Juanes.
Cual Baltasar o Darío, Guillermo mira con ojo enfermo de visiones de siglos un gran tropel de espantables vestiglos. Y el casco que lo cubre, la capa que le viste, bajo el blancor de la nieve insalubre, y el bigote erizado, y el aspecto cesáreo, y el aire de soldado, y toda esa potencia, tienen algo de triste.
Y al llegar las ternuras de Noël, Santa Claus, el que viene a la cuna del niño, tuvo que recoger su túnica de armiño por no mancharse en tanta sangre y tanta hiel. Era en 1870. Francia ardía en su guerra cruenta. Hugo en versos soberbios lo cuenta. Y París, la divina, en su pena, a las fiestas usuales ajena, sólo sombra ve en su Nochebuena. Y era el sitio y el hambre, y la furia, y el espanto, y el odio, y la injuria. Todo muerte, o incendio, o lujuria.
En un lado del Sena está lista la tremenda alemana conquista; y en el otro, la Francia imprevista. Dan las doce –la mágica hora que presagia una mística aurora–, las campanas de Nuestra Señora. Y en la orilla izquierda del Sena, en la sombra nocturna, resuena un Noël de ritual Nochebuena. Un silencio. Y después, noble y austero, contestó aquel ejército fiero con un grave coral de Lutero.
Y en la noche profunda de guerra, Jesucristo, que el odio destierra, por el canto echó el mal de la tierra. ¿No habrá alguno de raza más joven que, rompiendo a la guerra su yugo, pueda unir el poder de Beethoven con el canto que dio Victor Hugo? ¡Vivat Gallia Regina! ¡Vivat Germania Mater!
Esta salutación, que al gran lírico plugo, ¿hace arder esa selva y rugir ese cráter, y al ángel de la Paz lo convierte en verdugo? Si la princesa austríaca destroza su abanico, Guillermo en sus palacios entroniza a Watteau, y sabe que la flauta del Grande Federico aún ignoraba el triste réquiem de Waterloo.
Más hay que juzgar siempre, que si es dura la lucha del tigre, del león, del águila en su vuelo; si los hombres guerrean, es porque nadie escucha los clarines de paz que suenan en el cielo. Krupp hace el crudo espanto que a Thanatos alegra, pero el de Asís fue pasmo que el Bajísimo enoja; húsares de la muerte deben llevar cruz negra, mientras las dulces gentes de amor llevan cruz roja.
¡Oh, pueblos nuestros! ¡Oh, pueblos nuestros! Juntaos en la esperanza, en el trabajo y en la paz. No busquéis las tinieblas, no persigáis el caos, y no reguéis con sangre nuestra tierra feraz. Ya lucharon bastante los antiguos abuelos por Patria y Libertad, y un glorioso clarín clama a través del tiempo, debajo de los cielos: Washington y Bolívar, Hidalgo y San Martín.
Ved el ejemplo amargo de la Europa deshecha; ved las trincheras fúnebres, las tierras sanguinosas; y la piedad y el duelo sollozando los dos. No, no dejéis al odio que dispare su flecha; llevad a los altares de la paz miel y rosas.
Paz a la inmensa América. Paz en nombre de Dios. Y pues aquí está el foco de una cultura nueva, que sus principios lleve desde el Norte hasta el Sur, hagamos la Unión viva que el nuevo triunfo lleva: The Star-Spangled Banner, con el blanco y azur…
Rubén Darío leyó este poema el 4 de febrero de 1915, en el Salón Havemeyer de la Universidad de Columbia, en la ciudad de New York, N.Y.


















