Hace unos días Netflix lanzó la película que más había soñado realizar Guillermo del Toro, una adaptación de Frankenstein. Los elementos estaban ahí para que fuese una obra grandiosa… y el resultado es medio, insípido y poco recordable.
Partamos del inicio, la obra literaria de Mary Shelley es una fantasía con romanticismo gótico y pláticas existenciales, sin tampoco ahondar tanto en ellas, pero un ejercicio literario lo suficientemente cautivador para perdurar por más de 100 años. Es tanto su influencia que han salido películas, series, historietas y más basadas en el mismo, y ahora le tocaba el turno al cineasta mexicano.
Y qué podemos decir de Guillermo del Toro, un hombre que ha convivido con un arte de monstruosidades puras de su imaginación; entregándonos películas hermosas como El Laberinto del Fauno. El problema aquí es que Frankenstein está muy lejos de llegarle a los talones a sus mejores épocas creativas.
Con un diseño de producción dudoso, el cual parece más obra genérica de Netflix que de sello autoral; nos lleva en esta historia gótica de personajes vacíos, cuyos aristas emocionales no llegan al registro adecuado a lo que se pretende en el papel.
Un Frankenstein simplista y de poco desarrollo
La historia de Frankenstein es conocida por muchos y está bien que esta adaptación, con todo el presupuesto que tiene Netflix, logre llegar a nuevas generaciones. Nada malo en ello, el problema es que Del Toro se siente desplazado aquí, con una puesta en escena poco original y menos memorable.
Sí, recorrer esas calles victorianas, castillos convertidos en laboratorios y esos parajes árticos no se ven nada mal. Pero hasta ahí, no logran ser una ambientación como tal, sino un buen diseño rellenado de CGI; con colores saturados tal a como le gusta a Tío Netflix.
Y ahora, los efectos prácticos. No tengo quejas fuertes contra el Frankenstein, interpretado por Jacob Elordi; pero algún esfuerzo mayor se pudo hacer con su piel. El parecido al video musical de Schism, de Tool; se me hace sospechoso, debo admitir.
El actor australiano no hace un mal papel, es la mejor parte de la película cuando cuenta su versión de la historia; pero tampoco llega a enternecer corazones cinéfilos que exigimos más del talento argumental de Del Toro.

Larga duración, emociones cortas
Y hablando de actuaciones, lo de Oscar Isaac quedó lejos de su verdadero brillo. Aquí se pasó de tono, una teatralidad que se desbocó en no cuadrar a un personaje ambicioso, al Victor Frankenstein que debió verse aturdido en su propia ambición y finalmente negligencia. No, aquí lo tenemos con muchos gestos y poca credibilidad, como esa escena con una exhibición ante médicos, o luego del momento de dar vida al monstruo sin nombre.
De ahí, la incorporación y cambios en personajes secundarios no ayudan en nada a la historia. El hermano, la novia (Mia Goth) y el que financia el laboratorio (Christoph Waltz) están completamente desperdiciados. Casi que adornos para verse interesantes en el trailer y poco más.

Con más de dos horas de duración, la película de Frankenstein apela a emociones de personas fáciles de sorprender. Y en un mundo que se necesita de más cine desafiante, aquí el cineasta mexicano se conformó con muy poco.
Frankenstein pudo ser el sueño definitivo de Del Toro… pero terminó siendo solo una sombra de lo que pudo crear.
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