Si hay algo que siempre había escuchado sobre China es que aquí se comen insectos. Y aunque esto no forma parte de la alimentación diaria de la mayoría de las personas, sí existen mercados donde esta tradición se mantiene viva. Así que decidí enfrentar uno de mis mayores retos gastronómicos y probarlos por mí misma.
Debo admitir que, al llegar al lugar, me sentí como Timón y Pumba buscando la cena perfecta. Frente a mí había de todo: gusanos de seda, grillos, alacranes, ciempiés, arañas y otros insectos que jamás imaginé encontrar en un menú.
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Los vendedores incluso te explican cuáles son más crujientes, cuáles tienen relleno y cuáles son aptos para principiantes como yo.
Mi primera víctima fue un gusano de seda, gordo y viscoso. Apenas lo mordí, todo su relleno se esparció por mi boca y su sabor no fue precisamente agradable. Por un momento pensé seriamente en abandonar el reto.

Alejandra Placios en China: «Mi primera víctima fue un gusano»
Sin embargo, seguí adelante. Los grillos y algunos gusanos más pequeños resultaron mucho menos intimidantes. Eran tan crujientes que parecían una fritanga extraña y, para mi sorpresa, no sabían ni bien ni mal; simplemente se podían comer.
El verdadero desafío llegó con el alacrán. Aunque estaba bien cocinado, seguía siendo increíblemente duro. Su sabor era raro, entre amargo y ácido, y definitivamente no logró conquistar mi paladar.
Después de elegir los insectos, los cocinan fritos o asados; les agregan sal, especias y un poco de picante antes de servirlos. Todo el reto me costó 65 yuanes, unos 350 córdobas aproximadamente.
¿Volvería a comerlos? La respuesta corta es no. Pero puedo decir que sobreviví a una de las experiencias gastronómicas más exóticas, comentadas y curiosas de China. Y aunque no me convertí en fanática de los insectos, al menos ya nadie podrá decir que no lo intenté.



















