Los cuatro jóvenes irlandeses que están sobre el escenario del teatro Ed Sullivan de Nueva York parecen salidos directamente de 1965; concretamente, de la explosión blues londinense de los Who, los Small Faces y los primeros Stones, cuando tenían cara de querubines. The Strypes Josh McCorley (guitarra) y Pete O’Hanlon (bajo), de 18 años; Evan Walsh (batería) de 17, y Ross Farrelly (cantante), de 16 están probando sonido para su actuación en el programa Late show with David Letterman y ya van vestidos para matar: chaquetas ajustadas y jerséis, pantalones pitillo, y, excepto Walsh, peinados estilo paje con flequillos como cortinas. El batería, una dinamo con cara de bebé y un halo de rizos dorados, se sugiere algo así como Keith Moon uniéndose a la Jimi Hendrix Experience.
The Strypes atraviesan What a shame, de su álbum debut Snapshot (2013), como una espada. Son dos minutos repletos de pasiones retrospectivas: agudos punteos cortos inspirados en los 45 rpm de la discográfica Chess de finales de los cincuenta y los momentos descontrolados de éxitos de los Yardbirds, ejecutados a la velocidad castrense típica de Ramones. (Farrelly denomina esta música, exactamente, «blues acelerado»).
El guitarrista del Late show, Sid McGinnis, articula las palabras «¡Oh, Dios mío!» con una sonrisa de asombro y, al terminar el ensayo, se acerca a O’Hanlon para preguntarle por su forma de atacar al bajo. Más tarde, cuando los Strypes actúan en directo con público, Letterman se levanta de su mesa y echa a andar, poniéndoles por las nubes: «¿Qué os parece? ¡Sí! ¡Fantástico! ¡Así se hace!». Detrás del presentador, los Strypes apenas sonríen. Da la sensación de que ya están más que acostumbrados a este efecto.
Formada en Cavan, una pequeña localidad del centro-norte de Irlanda, la banda ha acumulado una brillante multitud de conocidos seguidores incluyendo a Jeff Beck, Roger Daltrey, Paul Weller y Noel Gallagher desde 2012, cuando su primera publicación, un EP casero de versiones de Bo Diddley, Slim Harpo y Motown, se convirtió en un sorprendente éxito en iTunes. Beck estuvo con ellos durante su primera visita a Londres, en 2012. Chris Thomas, una leyenda del estudio que trabajó como técnico para álbumes de los Beatles y produjo a los Sex Pistols, ya retirado, volvió al trabajo por Snapshot. Elton John estaba tan entusiasmado con un vídeo de los Strypes reventando You can’t judge a book by the cover de Diddley que los fichó en su sello, Rocket Music. «Se me pusieron los pelos de punta, no podía creer que fueran tan jóvenes. Parecía que venían de otro planeta», comenta John.
La precoz fascinación de los Strypes por la historia del R&B británico y sus raíces afroamericanas también ha tenido un impacto en su propia generación. Snapshot en su mayoría, temas originales compuestos por McClorey y el resto del grupo se colocó entre los cinco primeros álbumes de más éxito en Reino Unido en 2013, y sus conciertos en Irlanda y Gran Bretaña desataron una fiebre habitualmente reservada para ese tipo de bandas de chicos que-no-saben-tocar.
? The Rolling Stones, Springsteen, The Who y muchos más tocando juntos en NYC
«La primera fila es cada vez más joven. Parece que el público está descubriendo esa música por primera vez, lo cual probablemente sea así», señala Chris Difford, del grupo de la nueva ola británica Squeeze, que trabaja con los Strypes como productor y asesor.
Una versión temprana del grupo fundado por Walsh, O’Hanlon y McClorey hicieron su primer directo a mediados de 2007 (Walsh tenía 11 años), en el colegio de primaria de los tres amigos, en Cavan. Tras la incorporación de Farrelly en 2011, los Strypes dieron 200 conciertos en un año, lo suficiente como para convencer a sus padres de que había llegado el momento de dejar la educación formal. «Estaban en Londres con Jeff Beck, y el lunes siguiente estaban de vuelta en clase intentando concentrarse en las mates», cuenta el padre de Walsh, Niall, de 53 años, primer mánager de la banda y que aún va de gira con ellos, ahora ejerciendo el papel de guardián, road mánager y, en resumen, persona encargada de todos los problemas, incluyendo, claro, la colada. «Pensamos que si íbamos a dejarles hacer esto, les daríamos cada oportunidad».
A estas alturas, los Strypes responden a preguntas sobre su edad y su impulso histórico con educada confrontación y acentos bien marcados. «La gente dice que estamos imitando a estas viejas bandas. Y no, no lo hacemos», comenta O’Hanlon tras la grabación del Late show, de vuelta en el hotel del grupo, con una Coca-Cola en la mano. «No tengo los mismos arreglos de bajo que John Entwistle. Josh no toca los mismos tonos de guitarra que Jimmy Page. Cuando tocamos esta música, es nuestro estilo».
Con total seriedad, compara a los Strypes con «una bolsa de zanahorias. Nunca se ha visto esa combinación de zanahorias. No es nada nuevo. Pero es diferente».
«Los tres primeros álbumes de The Black Keys son puro blues», señala Farrelly, aparentando mucho más su edad sin las gafas de sol mod que lleva en los conciertos y las fotos. «Nadie les preguntó por qué hacían esa música que sonaba antes de que ellos nacieran. Todas las bandas que nos gustan The Small Faces, The Jam tenían 16 ó 17 años cuando empezaron. Cuando estás creando buena música, la edad no debería de ser importante», explica.
Walsh es franco en cuanto a su interés por el pop y el hip-hop contemporáneo: no le interesa lo más mínimo. «No puedo identificarme con ello. No tiene ningún significado para mí», se sincera. Sin embargo, habla con entusiasmo sobre su primer contacto con The Kinks y Chuck Berry, a través de la colección de discos de Niall y el reproductor de música del coche en los viajes familiares. Posteriormente descubrió a los Animals, los Fleetwood Mac blueseros y la banda de pubrock de los setenta Dr. Feelgood, abriendo, según él, «un portal hacia la emoción pura y cruda» de pioneros del blues y el R&B americano como Johnny Otis, Elmore James y los Coasters.
Hay al menos una cosa en la que los Strypes son exactamente iguales al resto de su generación. Buena parte de su investigación la realizaron por internet, viendo vídeos en YouTube y consultando biografías en Wikipedia. «Veíamos vídeos de los Beatles y los Stones. Luego le echábamos un vistazo a las sugerencias y veíamos a los Yardbirds. Nos daba por ellos, observábamos la parte trasera del álbum y leíamos el nombre de Howlin’ Wolf. Era algo constante», explica McClorey.
Walsh acepta que «la gente esté obsesionada con la edad», pero comenta que los Strypes hicieron «lo más obvio del mundo» con su obsesión: «Los adolescentes forman bandas», sentencia.
«Me ha salido en el último año y medio», cuenta Walsh, señalando una gran roncha con algo de mala pinta en su mano izquierda, entre el dedo pulgar y el índice. «No afecta a mi vida diaria. Aunque me duele bastante», reconoce. El batería menea con cuidado el tercer dedo de su mano derecha. Tres noches antes de la actuación en Late show, durante un concierto en Toronto, Walsh asegura que notó un pum, y luego vio un «gran nudo ahí», justo debajo del nudillo. «Conseguimos tocar 40 minutos más. Yo tocaba incluso más rápido para acabar, debido al dolor», recuerda. Tras el concierto, un médico indicó que Walsh se había dislocado la articulación. Además, tiene tendinitis en la mano derecha. Es el precio de una vida tocando como una ametralladora: Walsh empezó con la batería cuando tenía tres años.
«Es una preocupación», confiesa Niall, que trabajó para la sanidad pública irlandesa, en fisioterapia, antes de centrarse en la banda de su hijo. «Es la cantidad de trabajo realizado. No hay tiempo para descansar». También se pregunta si el estado de las manos de Walsh se debe en parte a «su increíble estirón. La última vez que estuvimos en América, quien no lo había visto desde enero, decía: ‘¿Qué te ha pasado?’. Yo lo veo en sus vaqueros. El bajo del pantalón le llega ahora por encima de sus botas», explica.
Resulta fácil olvidar que los Strypes siguen siendo críos. Ninguno de ellos fuma; ninguno tiene aún novia formal. McClorey, el mayor, se toma una cerveza de vez en cuando. En cuanto a las drogas: la noche anterior al programa de Letterman, un camello les ofreció cocaína a Walsh y O’Hanlon mientras caminaban por Nueva York. «Creo que es algo bastante estúpido. No tengo ningún interés en ello», asegura rotundamente el batería.
En Cavan, Walsh, O’Hanlon y McClorey aún viven con sus familias. Al preguntarles por lo más duro de estar en una banda en gira, el guitarrista responde enseguida: «Echar de menos a mis padres». Farrelly procede de Killeshandra, un pequeño pueblo a media hora en coche de Cavan. Su madre, Noelle, le lleva a los ensayos, que siguen sucediendo en la habitación de Walsh, donde los Strypes se formaron y se convirtieron en inseparables.
Evan, Pete y Josh crecieron juntos desde que eran bebés, y más tarde pasando tiempo juntos en casa de los Walsh después del colegio, en Cavan. (Ross hacía más migas con el hermano pequeño de Josh). Hubo un momento en el que los tres grababan películas juntos, creando episodios imaginarios de la serie Doctor Who y colgando los vídeos en YouTube.
Siempre había música en casa de Walsh. «Mi mayor influencia, mientras crecía, fue Niall», afirma McClorey. «Entré en contacto con los Beatles y los Stones entonces, cuando tenía 4 ó 5 años». La mujer de Niall, Anne, que es peluquera, fue una gran ayuda. «Tiene un gran conocimiento musical. La hemos apodado ‘Google’. Si queremos saber algo, la llamamos», añade.
The Strypes no tienen un líder designado. McClorey empezó a componer los temas de Snapshot tras el primer directo del grupo en una sala de Dublín en 2011; esa noche, en el camino de vuelta a Cavan, se le ocurrió She’s so fine inspirándose en un póster de Muhammad Ali de su habitación. (La letra le da un giro al famoso lema de Ali: «Floto como una abeja, pico como una mariposa»). Siendo el único miembro de los Strypes que escucha hip-hop, McClorey escribió What a shame tras intentar descifrar el flujo vocal de Jay-Z en Dirt off your shoulder, de The black album (2003). «Pensaba: ‘Debería hacer una versión rock de esto», recuerda.
«Pero fue Evan quien nos metió en este tipo de música. Cuando empezamos, todos elegimos canciones para hacer. Pero las suyas eran las que encajaban, porque eran las mejores», cuenta Farrelly. En el transcurso de una hora, Walsh deja caer alegremente detalles sobre caras B de Bo Diddley, misteriosas grabaciones de Chuck Berry y el cantante original del clásico de los Beatles de la época Cavern, Some other guy (Richard Barrett). «Siempre ha estado enganchado a esto», asegura Niall, que tiene un vídeo casero de Evan a los 7 años interrogando a su hermana, Becky. «Era una entrevista sobre su nuevo álbum; ‘¿Has hecho versiones acústicas?, y ese tipo de preguntas muy profesionales’. No la dejaba irse», cuenta Niall entre risas. «Ella sólo tenía 4 años».
Esa pasión ayudó a impulsar los ensayos de habitación del grupo, que normalmente se alargaban desde la una de la tarde hasta medianoche. El batería cita «los comienzos» de Elvis Costello and the Attractions como influencia, «donde simplemente destrozaban las canciones. Eso resultaba atractivo: haz todo el ruido que puedas y muy rápido».
Elton John sostiene que los Strypes apenas han «rozado la superficie de sus dones compositivos. Será interesante ver cómo pueden desarrollarse como hicieron Mick y Keith en los Stones, si pueden meter esas influencias del R&B y el blues en el rock de orientación comercial. Pero todo está en la experiencia. Llevan apenas un año y medio».
Difford cree que el progreso llegará de forma natural. «Evan es un devoto del rhythm & blues, mientras Josh está abierto a todo, desde Arctic Monkeys a Big Bill Broonzy. Son muy buenos ingredientes para un grupo», analiza.
«La presión está ahí», admite O’Hanlon. «Pero es una presión buena. Hasta ahora hemos ido a la buena de Dios. Simplemente seguiremos adelante. Manteniendo la cabeza. No pareciendo estúpidos».
«Nos conocemos desde hace tanto», dice alegre, «que no podemos separarnos».
















