Remover entre la basura, recoger desechos y enfrentarse a la contaminación para muchos es despreciable, sin embargo para otros es una fuente de trabajo. Ésta es la historia que viven más de cien pepenadores del basurero municipal de Chinandega.
El rostro de esta abuela de 75 años cada día se ve más agobiado, sin embargo con dignidad espera el amanecer para realizar el difícil trabajo que le ha tocado desde hace varios años y así poder llevar un poco de alimento a su humilde hogar.
Juana Campos, es una de los más de 60 recolectores que a diario llegan al basurero municipal de Chinandega en busca de sobrevivencia. «Este trabajo es pesado pero ahí vamos, yo soy mujer y hombre en mi casa. Me siento feliz porque mi señor me ha dado fuerza de crear a mis cuatro hijos a como se pueda».
Hace un par de años la recolecta de plástico, hierro y aluminio les generaba algo de dinero, sin embargo hoy en día no corren con la misma suerte debido a la escasez con que llegan este tipo de desechos sólidos; dicen que la mayoría de residuos inorgánicos queda en manos de los trabajadores del tren de aseo.
A pesar de la alta contaminación que se respira en el ambiente, los hombres, mujeres y niños que hurgan todos los días en este desagradable lugar exponen sus vidas, pues tienen que correr y colgarse de los vehículos para enganchar con la pica su bulto y conseguir con suerte algo de valor en las casi las 10 mz de tierra que conforman el vertedero. Cuentan que con suerte han encontrado prendas de oro y plata, carteras con dinero en efectivo entre otras cosas como ropa y documentos de identificación.
Tengo poco de haber llegado a este lugar pero, es poco lo que se logra encontrar la mayoría que viene es basura, expreso Juan Hernández.
«El otro día buscaba aluminio y cobre pero encontré una cajita y en su interior había como treinta anillos de plata y una cadena, eso es la liviana», dijo Víctor Sánchez mientras mostraba parte de las prendas encontradas.
«Encontrar algo de valor es una verdadera suerte porque llevas un dinero extra a la casa, a mí solo me ha tocado encontrar bolsas de ropa y zapatos», manifestó Juana Epifania mientras removía la basura.
La jornada de trabajo finaliza a las seis de la tarde, hora en que doña Juana Campos luce un rostro cansado por el sol candente del día, pero aún con fuerzas arrastra el saco y el gancho de pica que lleva entre sus manos sucias, rojas, y ásperas que le han quedado por los años que ha dejado en la basurera y todo por 30 córdobas que logró ganar por la venta de los pocos calaches que recolectó en el día, esperando mañana tener mejor suerte.

Belkiss Medina
















