La mañana del 11 de septiembre de 1973, Santiago de Chile despertó ante una insurrección militar que terminaría con el Gobierno constitucional de Salvador Allende y abriría paso a una de las dictaduras más brutales de América Latina.
A las 7:30 de la mañana, Allende llegó al Palacio de La Moneda. La Armada se había sublevado en Valparaíso y las señales de un golpe de Estado ya eran imposibles de ignorar.
Allende no estaba dispuesto a abandonar el cargo para el que había sido elegido.
Tres años antes, en 1970, había llegado a la Presidencia al frente de la Unidad Popular con un proyecto inédito: avanzar hacia el socialismo por una vía democrática, utilizando las instituciones y el voto popular. Su gobierno impulsó profundas transformaciones, entre ellas la nacionalización del cobre, uno de los principales recursos naturales de Chile.
Ese proyecto chocó con los intereses de las élites económicas chilenas y con la estrategia de Estados Unidos en plena Guerra Fría. Documentos desclasificados décadas después dejaron constancia de la intervención estadounidense destinada a impedir la consolidación del Gobierno de Allende y posteriormente contribuir a su desestabilización.

Salvador Allende, un héroe para Chile
La presión económica, las huelgas empresariales, el conflicto político y la creciente violencia fueron llevando al país hacia una crisis que desembocaría en el golpe.
El 29 de junio, el Tanquetazo ya había demostrado que las Fuerzas Armadas estaban dispuestas a intervenir. Pero el 11 de septiembre los militares fueron mucho más lejos.
A primera hora, tropas y tanques comenzaron a ocupar puntos estratégicos. La Junta Militar exigió la renuncia de Allende y amenazó con atacar La Moneda. El Presidente respondió con resistencia.
Desde el palacio, acompañado por sus colaboradores y rodeado por fuerzas militares, Allende realizó varias intervenciones radiales. Sabía que el desenlace podía ser fatal, pero no aceptó entregar la Presidencia.
«Yo no voy a renunciar»
Poco antes de que Radio Magallanes fuera silenciada, pronunció las palabras que terminarían convirtiéndose en su testamento político. “Yo no voy a renunciar”.
No era una frase retórica. Allende sabía que los militares habían decidido terminar por la fuerza con el Gobierno constitucional. Hacia el mediodía comenzó el ataque.
Los Hawker Hunter de la Fuerza Aérea de Chile bombardearon La Moneda. Los cohetes atravesaron el edificio presidencial, provocaron incendios y convirtieron el corazón institucional de Chile en un escenario de destrucción.
La imagen de La Moneda ardiendo quedó grabada como uno de los símbolos más poderosos de la historia política latinoamericana: un Gobierno elegido en las urnas siendo derribado por las armas. Allende permaneció en el palacio hasta el final.
Murió ese mismo día, mientras los militares tomaban el edificio. Con su muerte terminó el Gobierno de la Unidad Popular y comenzó una dictadura encabezada por Augusto Pinochet que se prolongaría durante 17 años, marcada por asesinatos, desapariciones, torturas, prisión política y exilio.
Pero los golpistas no pudieron borrar a Allende.

Una figura histórica para Latinoamérica
Su figura sobrevivió al derrumbe de La Moneda y trascendió las fronteras de Chile. Para miles de latinoamericanos, se convirtió en el símbolo de un presidente que intentó transformar las estructuras económicas de su país sin renunciar a la democracia y que, cuando llegó el momento decisivo; prefirió morir antes que entregar el mandato recibido del pueblo.
El 11 de septiembre de 1973 también dejó una lección sobre el poder y la soberanía. En plena Guerra Fría, el proyecto chileno demostró que existía una posibilidad distinta: intentar construir una sociedad más justa mediante una vía propia, sin someterse a los intereses de las grandes potencias.
Las bombas destruyeron La Moneda. No destruyeron la memoria de Allende.
Aquel día cayó un Gobierno, pero nació también un símbolo de resistencia para generaciones que siguieron defendiendo la soberanía latinoamericana y la posibilidad de transformar una sociedad sin que sus sueños fueran aplastados por las armas.


















