Hamnet: No siempre la tragedia rima bien con la poesía y el teatro

Foto: Hamnet, película de Chloe Zhao
Foto: Hamnet, película de Chloe Zhao

En el papel, Hamnet lo tiene todo para ser la «consentida» de la temporada de premios: una directora ganadora del Oscar (Chloé Zhao), dos de los actores más intensos de la generación actual (Jessie Buckley y Paul Mescal) y, por si fuera poco, la sombra del bardo más grande de la historia, William Shakespeare, como telón de fondo.

Sin embargo, en el cine —como en el rock o en el teatro— tener los mejores instrumentos no garantiza que la canción suene bien.

Un fuego que no termina de calentar

La película de Zhao intenta ser un retrato intimista y místico sobre la pérdida y la creación artística, centrándose no en las obras de Shakespeare, sino en el núcleo familiar que lo sostenía en la campiña inglesa.

La premisa es potente: cómo la muerte de un hijo (Hamnet) se convierte en el combustible para la tragedia más famosa del mundo (Hamlet).

El problema es que la narrativa padece de una crisis de identidad rítmica. Se siente como una obra de «fuego lento» donde parece no ocurrir nada, pero al mismo tiempo, el montaje se percibe apresurado.

Nos saltamos capítulos vitales de la construcción emocional de los personajes, y cuando llega el momento del «desgarro» por la tragedia, el espectador se queda frío. Vemos a los protagonistas llorar en pantalla, pero nosotros, desde la butaca; nos quedamos esperando que ese dolor transpire de otra forma. Quizás es una mentalidad fría de mi parte, pero es la sensación que deja.

Foto: Hamnet, película de Chloe Zhao
Foto: Hamnet, película de Chloe Zhao

Actuaciones: Correctas, pero sin alma

Jessie Buckley interpreta a Agnes, una mujer con aires de curandera y una conexión especial con la naturaleza. Buckley es una actriz arriesgada y cumple, pero el guion la deja navegando en un misticismo que nunca termina de explotar.

Por su parte, Paul Mescal nos entrega un Shakespeare contenido, funcional; pero que no logra destacar por encima de sus trabajos previos.

Es frustrante ver cómo el elemento «sobrenatural» o espiritual de la madre —ese limbo donde se encuentra el hijo fallecido— se queda debajo del tapete.

El rescate: Un tercer acto de redención

El tercer acto es donde la cinematografía de Zhao finalmente respira. La convergencia entre el cine y el teatro, cuando Shakespeare utiliza su arte como catarsis para procesar la muerte de su hijo; es poesía pura.

Es en ese encuentro final en Londres, donde la madre comprende que el «fantasma» en el escenario es el amor de un padre intentando recuperar lo perdido; cuando la película logra, por fin, robarnos un suspiro.

Hamnet es una obra de calidad alta, pero algo olvidable. Es prolija, es bella de ver y tiene una intención literaria loable, pero falla en lo más básico del cine: conectar las vísceras del creador con las del espectador.

Es una propuesta que te exige llenar con tu propia imaginación los vacíos emocionales que la dirección no supo construir.


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