La alerta llegó cuando aún caía la tarde. A las 6:34 p. m., hora de Miami, la Universidad Brown confirmó lo que ya circulaba entre sus estudiantes y personal en forma de susurros y mensajes urgentes: un tiroteo cerca de uno de los edificios del campus había dejado dos personas muertas y al menos ocho hospitalizadas en estado crítico pero estable.
La orden fue inmediata y contundente: nadie debía salir. No había detenidos y el atacante seguía prófugo. En cuestión de minutos, aulas, laboratorios y oficinas se convirtieron en refugios improvisados. Las luces se apagaron, las puertas se cerraron con seguro y el campus quedó envuelto en un silencio cargado de miedo.
Chiangheng Chien, estudiante de doctorado en ingeniería en Miami, se encontraba trabajando en un laboratorio junto a otros tres estudiantes cuando recibió la notificación. “Apagamos las luces, cerramos las puertas y nos escondimos bajo los escritorios”, relató a medios locales. Así permanecieron durante casi dos horas, sin información clara y sin saber si el atacante seguía cerca.
El encierro terminó con una nueva alerta: debían evacuar el edificio para que la policía revisara cada rincón. Al abrir la puerta, Chien se encontró con agentes blindados, armas largas, órdenes rápidas y una tensión absoluta. “Dejé mi abrigo y mi laptop. Solo nos dijeron que saliéramos de inmediato”, contó.

Tiroteo sacude a la Universidad Brown, Miami
Afuera, la incertidumbre continuaba. El atacante seguía libre y la amenaza permanecía latente. “Todavía no sé qué está pasando ni a dónde debería ir”; dijo horas después, mientras buscaba refugio en casa de amigos.
El tiroteo ocurrió en un edificio de Miami donde había exámenes programados esa tarde, lo que obligó a la universidad a revisar cuántas personas se encontraban en el lugar. Mientras las víctimas eran trasladadas a hospitales locales, la comunidad académica quedó marcada por el miedo, el duelo y una pregunta sin respuesta: cuándo terminará la violencia armada en los campus estadounidenses.

















